Durante todo el trayecto es una mujer contenida, correcta, discreta, pero nunca vestida de sí misma. Cuando no le dan, se recoge, se hace pequeña y dice que no pasa nada, Pero sí pasa. Lleva años cambiando deseo por aprobación. Sus manos han sostenido vínculos que necesitaban de ella para seguir vivos. Esa forma de protegerse le exigía esconderse a sí misma. Cuando dejaba asomar algo, una milésima parte, su voz, los demás parecían descubrir a una mujer distinta. Pagó un alto precio: aprendió a callar lo que deseaba, a disimular lo que le dolía y ser el sostén de todos cuando era ella la que necesitaba ser sostenida. Hoy descansa esa tarea. Ya no tiene que agradar, justificarse ni hacerse pequeña para conseguir su lugar. Sus manos, tantas veces extendidas, permanecen inmóviles sobre su regazo. Lo que muere con ella no es su capacidad de amar, ni su generosidad, ni su deseo de ser querida. Muere la creencia de que debe ganar el derecho a recibir. Por última vez nadie le pide nada, por última vez tampoco ella pide. Solo queda su retrato.