Cuando hablamos de mejorar la cognición, algunas prácticas complementarias pueden apoyar funciones como la atención, memoria, concentración, regulación emocional y bienestar mental. Entre las más utilizadas se encuentran la meditación y mindfulness, que pueden favorecer el control atencional y reducir el impacto del estrés; el ejercicio físico, especialmente aeróbico y de fuerza, por su relación con salud cerebral y neuroplasticidad; y actividades como música, aprendizaje de nuevas habilidades, lectura, juegos de estrategia y estimulación cognitiva. También existen enfoques complementarios como yoga, respiración consciente, tai chi y técnicas de relajación, que pueden ayudar indirectamente al rendimiento cognitivo al mejorar sueño, estrés y regulación autonómica. En algunos casos se estudian suplementos, adaptógenos o productos naturales, pero aquí es importante hacer una distinción: “natural” no significa necesariamente eficaz ni seguro, y la evidencia científica varía mucho entre productos. La mejor estrategia no suele ser buscar una sola terapia, sino combinar hábitos que sí cuentan con respaldo: sueño adecuado, actividad física, alimentación equilibrada, estimulación mental, relaciones sociales y control de factores cardiovasculares. Cuidar la cognición implica estimular el cerebro, pero también cuidar el cuerpo que lo sostiene. Las herramientas complementarias pueden sumar, pero no deben sustituir una evaluación profesional cuando existen problemas persistentes de memoria, atención o cambios cognitivos.