Seguramente alguna vez habrás oído hablar de alguna fe, y es que hay varias. Sigas la que sigas, todas coinciden en lo mismo: una divinidad o simplemente algo en lo que depositas tu fe. Personalmente, nunca había sido muy religioso hasta hace relativamente poco. Siempre había creído que había algo más, pero no sabía exactamente qué. Todo comenzó con un sueño. Algo tan resplandeciente y majestuoso, a lo que ni siquiera podía mirar directamente, me atraía y me fascinaba. Es algo realmente inexplicable, aunque tengo el recuerdo perfectamente nítido, a pesar de que tiendo a olvidar los sueños. Desde entonces, frente a todas las adversidades que he tenido, he orado e incluso leído la Biblia en algunas ocasiones, pero para mí lo más destacable fue un sentimiento que se despertó dentro de mí. Un día, como cualquier otro, decidí que no podía tener una relación tan pobre con mi padre y fue ahí donde todo cambió. Meses más tarde, terminé en Perú con mi padre y familiares, donde aprendí que debía ser agradecido por todo lo que tenía y que tampoco todo es para siempre. Lo más doloroso de todo fue que tuve que irme y que, al hacerlo, mi abuelo falleció. Obviamente, lloré su muerte, pero prefiero tomármelo como un aprendizaje y, además, uno sumamente importante: aunque todo parece eterno, no lo es. La vida y también lo que no lo es son fugaces. Hacer el viaje me trajo solamente cosas buenas y aprendizajes, los cuales me hacen ser hoy en día quien soy y tener los valores que tengo. Es por ello que soy partidario de que, si tienes algo claro, hazlo. No esperes a que se te acabe el tiempo. Es mejor aprender que arrepentirse, ya que la culpa te puede perseguir para siempre y la mala conciencia es algo difícil de llevar. Sé que quizás, y muy probablemente, quien esté leyendo esto no sea religioso o simplemente le dé igual el tema, lo cual es totalmente respetable. Pero lo que puede hacer la fe es inimaginable, y eso es innegable. De no ser por ella, hoy no estaría donde estoy, casi con certeza.