Siempre falta un cuarto para las cinco,
y eso estresa...
si todo lo que queremos lo trae ese cuarto faltante.
Siempre esperamos que falte,
y no queremos antes, por si no llega.
Pero… ¿qué tal si te elijo a las 4:45 de la madrugada
y gasto los quince restantes aprendiendo a quererte?
El problema de elegir es que no sabrás si también te eligen,
aunque ahí reside lo hermoso:
en tomar esos quince minutos antes de las cinco
para conocerte ahora, a fondo.
Tuve una epifanía, un ser que me instruía en el querer.
Y no la elegí por eso.
La elegí porque me cansé de decir que nadie me eligió,
sin haberme atrevido a elegir yo también.
Así fue como quince minutos menos
le dieron más peso a un sentimiento.
Y empecé a escribir sin tinta.
Quien quería ver, veía;
quien no, me llamaba loco,
asombrado de todo lo que decía sentir por ella.
Al finalizar esos quince minutos,
dejé el miedo de querer despacio para no asustar,
el miedo de asumir sin preguntar.
Y empecé a quererte intenso.
Tan intenso que te asustabas…
y me sentía ridículo, pero amado.
Fue hermosa esa decisión de arriesgarme quince antes.
El punto y seguido no eran los quince minutos:
solo hacía falta decidir,
aunque «decidir» sea un verbo erróneo.