Cuando mi madre trascendió, algo se activó en mi cerebro: la sensación de amenaza. Ante una pérdida tan profunda, el sistema nervioso puede interpretar que algo esencial para nuestra seguridad y nuestro vínculo ha desaparecido. La amígdala participa en la detección de esa amenaza y pone en marcha, junto con otras estructuras cerebrales, una respuesta de estrés que prepara al organismo para sobrevivir. Cuando sentimos miedo o peligro, podemos responder de diferentes maneras: huyendo, luchando o quedándonos paralizados. Podemos huir intentando no sentir. A veces lo hacemos mediante el alcohol, las drogas, la comida, el entretenimiento o cualquier otra forma de anestesia. Incluso podemos refugiarnos en una carga constante de trabajo para no detenernos y encontrarnos con el dolor. También podemos quedarnos paralizados. El cuerpo pierde energía, la mente se bloquea y hasta las tareas más sencillas parecen imposibles. Si este estado se prolonga, puede llevarnos al aislamiento, a una profunda tristeza y a experimentar síntomas depresivos. O podemos luchar. A veces de una forma consciente y constructiva; otras, reaccionando desde la rabia, el control o la desesperación. Porque nuestro cerebro está orientado hacia la supervivencia. Ante aquello que interpreta como una amenaza, hará todo lo posible por protegernos, aunque algunas de sus estrategias terminen causándonos todavía más sufrimiento. Pero aquí apareció lo poderoso. Lo canalizado. Lo álmico. Comprendí que aquello que mi cerebro interpreta como una amenaza también puede convertirse, para mi alma, en una llamada al despertar. Una llamada a recordar. Una invitación a sentir la paz de Dios. El cuerpo es el medio a través del cual vivimos esta experiencia, pero no contiene todo lo que somos. El amor verdadero no puede ser destruido por la desaparición del cuerpo. Es invisible y, al mismo tiempo, profundamente real, porque atraviesa el cuerpo, sostiene el alma y permanece más allá de lo que nuestros sentidos pueden percibir.