No es tu prompt. Le falta un sistema a tu IA. Déjame ser honesto desde el principio, porque te lo mereces: si llevas meses guardando "el prompt perfecto" en un documento, copiándolo y pegándolo en cada libro nuevo, esperando que esta vez sí funcione igual que la última — no es tu culpa que no funcione. Es que nunca fue eso lo que había que construir. Un prompt es una instrucción de un solo uso. Se agota apenas lo usas. Por eso sientes que tu IA te trata como una desconocida en cada sesión, aunque técnicamente ya trabajó contigo en cinco libros anteriores. No tienes un sistema — tienes una nota pegada con cinta adhesiva a la pared, y cada libro nuevo es una pared distinta. — Esta semana, en Cuando la Tinta Seca, Luis y yo desarmamos las siete piezas que sí forman un sistema real. Te dejo cuatro que puedes empezar a armar hoy mismo: Uno: el índice. No metas todo en un prompt gigante. Crea un mapa simple de tu material — carpetas con dos líneas de resumen cada una — para que tu IA consulte el dato exacto en vez de adivinarlo. Dos: insumos requeridos. Antes de pedir cualquier resultado, define por escrito qué tiene que existir primero — la ficha del personaje, la escaleta, tu perfil de voz. Si no se lo dejas explícito, tu IA avanza igual, sin las piezas que necesitaba, y te entrega algo a medias disfrazado de terminado. Tres: modos de fallo con condición. No sirve decir "no uses esta palabra". Sirve decir "esto es un error si pasa X, en esta circunstancia específica". Esa diferencia es la que hace que tu IA se autocorrija antes de entregarte el resultado, no después de que tú lo detectas leyendo cansado a la medianoche. Cuatro: nunca audites y corrijas en el mismo paso. Pídele primero que evalúe, sin tocar nada. Después, en un paso aparte, que corrija. Mézclalo y vas a ver cómo empieza a "arreglar" cosas que en realidad estaban bien. — Sé lo que se siente tener un manuscrito a medias a las once de la noche, corrigiendo a mano algo que tu IA nunca debió entregarte así. Yo pasé años reescribiendo el mismo prompt cansado, libro tras libro, pensando que el problema era que aún no había encontrado las palabras mágicas. El problema nunca fueron las palabras. Era que nadie me había explicado que esto se construye como sistema, no como hechizo.