Cuántos años han pasado desde aquella niña que contenía el llanto y hasta la respiración para no ser escuchada, para pasar desapercibida, porque estar presente le daba miedo. Hasta convertirse en la mujer que aprendió a sostenerlo todo: el tiempo de otros, la culpa que no le pertenece, el dolor que no le corresponde, las responsabilidades ajenas. Creyó que no era suficiente para ocupar un espacio propio y que, para no ser abandonada, debía hacerse necesaria. Estar siempre para otros, moverse como un peón en un tablero de ajedrez donde la victoria nunca sería suya. En su pañuelo guardó lágrimas ajenas. Las de guerras a las que nunca debió asistir, las de despedidas que no le pertenecían, las de dolores que hizo suyos mientras los propios quedaban olvidados en la oscuridad. Pero el reloj sigue andando. Y es ahora. La hora de dejar de sostener a ella, a él, a ellas, a ellos… a todos los demás. La hora de soltar el pañuelo, de devolver cada lágrima a su dueño y permitirme, por fin, sostenerme a mí misma.