La noche respiraba un frío olor a hierro mojado, a polvo dormido, a madera que envejecía en secreto. Bajo la amarilla fatiga de una farola, el asfalto temblaba con un brillo enfermo y las cerradas persianas guardaban todavía el calor de los cuerpos. En una cornisa, una lenta gota engordaba, vacilaba, caía; su diminuto golpe parecía ensanchar la noche. Dentro, la tibia sábana conservaba una forma ya ausente, mientras la vieja madera crujía con su paciencia de hueso y algún remoto mecanismo murmuraba detrás de la grieta. Nada respondía. El aire, espeso y húmedo, se posaba sobre la piel como una segunda oscuridad, y las largas horas, despojadas de nombre, se consumían lentamente en la habitación, mientras el silencio, negro, íntimo, interminable, aprendía entre llantos a ocuparlo todo.