Ardía el horizonte y el cielo se hizo blanco
sin trueno ni clamor, después tembló la casa.
Mi madre dijo el nombre de un sol desconocido,
papá nos advirtió del fuego nuclear;
vimos un hongo negro crecer en la distancia.
Sentí que cada pulso borraba los agostos
dormidos en la playa, memorias de mi hermano
muertas por la hija viva que nunca conocí.
El bosque se cerraba detrás de nuestras huellas,
corrimos hacia el monte cercados por el mal,
pensaba que la muerte tendría voz o tacto,
pero llegó sin cuerpo vestida de la luz.
Recuerdos no esperados avivaron mis lágrimas,
un niño en Barcelona, con patines, feliz,
cogido de la mano por padres que lucharon,
amor que fue en mi vida coraje y esperanza.
Mi espíritu rendido, la carne consumida,
los ojos sin mañana, «os quiero para siempre»,
dije preso de un sueño muriendo en la verdad.