DÍA 11 · PLAÑIDERAS
Las que lloran por encargo.
Memento Octubre · 11 de 31 · un viaje entendiendo a la muerte
La palabra viene de un verbo antiguo, plañir, que era sollozar, lamentarse en voz alta. Y antes, del latín plangere: golpearse el pecho de dolor. En Egipto, en Grecia, en Roma, se pagaba a mujeres para que fueran a los entierros a llorar. Llegaban de negro, se arañaban la cara, se arrancaban el pelo a puñados y gritaban detrás del cortejo. Cuantas más lágrimas compradas, más importante parecía el muerto. En Galicia también caminaron detrás de los ataúdes, y se las llamaba choronas. Hoy la palabra se usa para quien se queja sin descanso, de forma exagerada, como si viviera dentro de un funeral que no termina nunca.
Yo fui plañidera de mi propia vida durante muchos años.
Viví mucho tiempo desde el inconsciente, con un animal rabioso dentro que mordía todo sin entender nada. Cada reacción mía era un eco de lo aprendido en la infancia, y yo no lo sabía. En el fondo de mí vivía una araña enorme que tejía sobre ciertos recuerdos para que nadie llegara hasta ellos. Aun así, yo creaba. Pintaba, escribía poemas, cuentos, diarios. Empecé a fotografiar y a transformar lo que veía. Poco a poco el inconsciente se iba abriendo paso por las rendijas, con permiso de la araña o sin él.
Hasta el 17 de octubre de 2018. Ese día tomé ayahuasca por primera vez y se abrieron todas las puertas a la vez. La araña me atacó. Lo que vi ahí dentro fue tan grande que tuve una crisis nerviosa en la que, literalmente, dejaba de respirar de miedo. Aquella noche me dejó una urticaria facticia que se ha quedado conmigo hasta hoy: una piel en la que, si la rozas, aparecen marcas en relieve, como si alguien escribiera sobre ella con la uña. Estaba en mi segundo año de estudios de cine, y todo aquello se coló en mis cortometrajes y en mis guiones.
A partir de entonces las plañideras invisibles me acompañaron cada día, porque muchas partes de mí empezaron a morir. Murió parte de mi alegría, de mi descaro, de mi caradura, de mis ganas de mostrarme al mundo sin pedir permiso. Mi Luna en Escorpio tomó el mando. El cuerpo empezó a doler, llegaron los dolores de espalda, y yo misma me puse el velo negro. Lloraba por todo lo que se me iba.
Fueron años de querer entender, de integrar, de soltar, de estudiar, de traer a mi vida una sabiduría a la que quizá nunca habría llegado sin ese descenso. Pero también años de caer en manos de falsos gurús, de tan desesperada que estaba. Años de una depresión profunda, de engordar cincuenta kilos y de sentir que se me iba casi la dignidad.
El 13 de abril de este año decidí que no podía seguir así. Me operé para cambiar mi vida: me hice una reducción de estómago. Perdí parte de mi cuerpo, pero gané movimiento y empecé a despedir el dolor. A día de hoy he dejado atrás cincuenta y cinco kilos. El pelo se me cae a montones, como a aquellas mujeres en los entierros. La diferencia es que yo no me lo arranco. Se va solo, como se va lo que ya ha cumplido su tiempo. Y volvería a hacerlo, porque noto cómo la alegría vuelve a entrar en casa.
Estoy dejando de escuchar a las plañideras, a las que se veían y a las que no. Sé que una se va a quedar siempre, la que tiene mi cara, llorando bajito por todo lo que fui. Pero ya no le pago para que llore. Ahora le pongo un café, me siento a su lado y hablamos.
Hoy os propongo mirar a vuestras plañideras. ¿Quién llora en vuestra vida por encargo? ¿Qué partes de vosotros murieron y siguen teniendo a alguien gimiendo junto al ataúd? ¿Desde cuándo pagáis ese llanto? ¿Y qué le diríais a la que tiene vuestra cara si os sentarais con ella a la mesa?
No hace falta echarlas a todas hoy. A veces basta con dejar de pagarles.
Os dejo las imágenes de hoy y la guía actualizada para descargar, que ya reúne los once primeros días con sus poemas, sus textos y sus imágenes.
Si os apetece, contadme en comentarios qué plañidera os acompaña todavía y desde cuándo le pagáis. Ponerle nombre suele ser el primer paso para dejar de hacerlo.
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