MEMENTO OCTUBRE · DÍA 22 · OFRENDA
Lo que dejamos para quienes ya no están.
Ofrenda viene del latín offerenda, lo que se ha de ofrecer. No lo que sobra, no lo que se tira, sino lo que se aparta con cuidado y se deja en algún sitio para alguien que ya no puede venir a buscarlo. En Galicia lo llevamos en los huesos. En el Monte do Facho, en Cangas, se encontraron cientos de piedras con ofrendas a un dios antiguo, Berobreo, todas mirando al Atlántico. Hace más de dos mil años alguien subió aquella cuesta con algo apretado contra el pecho para dejarlo allí arriba, frente al mar y al viento... y desde que lo leí pienso mucho en esa persona, en lo que llevaba, en a quién se lo dejaba.
Yo crecí rodeada de ofrendas pequeñas. Flores que se pudrían en Santos, velas que goteaban en la iglesia hasta hacer charcos de cera en el suelo, los ramos de los mayos, las romerías donde se le dejaban huevos a San Antonio como quien le deja un recado a un vecino. Y los cruceiros. Todavía hoy no paso por delante de uno sin dejar algo y mis tres monedas. Nadie me explicó nunca por qué tres. Lo hacía porque lo hacían las mujeres que tenía alrededor, y sigo haciéndolo porque hay gestos que no necesitan entenderse para funcionar.
El cruceiro que tengo más cerca es el da Lomba, aunque también lo llaman da Angustia, en Posmarcos. Es del siglo XVIII y lo restauraron en 2001, pero nadie se acordó de esconder los cables de la luz, que le pasan por delante al Cristo como si también a él lo tuvieran enchufado. Por detrás, mirando a la ventana de una casa, hay una Virgen pequeña con las manos juntas en el pecho, sobre una cabeza de ángel. Y en la grada, en granito, unos versos en gallego que se despiden de él: adiós cruceiro da Lomba, que triste te vas quedando, que poquito a poco el tiempo te fue llevando... Cada vez que paso le dejo mis monedas. Por si acaso.
Por Samaín pongo siempre un altar para mis ancestros. Pan, fruta, aceite, vino, ron y aguardiente, que para algo soy de aquí. Flores, los retratos que tengo y unas velas con forma de calavera que hago yo misma con cera de abeja, una a una, con las manos calientes y la cocina oliendo a colmena. Cuando murieron mis abuelos les puse flores blancas y la comida que les gustaba. Y desde que se fue Mina, mi perrita, en plena pandemia, ella tiene su sitio fijo en ese altar. Su collar. Sus cenizas, que no he sido capaz de soltar. Un corazoncito de cristal rosa con un poco de su pelo dentro. Y lo que más le gustaba comer, un poco de yogur, salchichas, bacon... siempre bacon. Le cantaba la canción del bacon de Hora de Aventuras y se volvía loca, daba vueltas sobre sí misma como una peonza. Así que todos los años, delante de las velas, se la vuelvo a cantar bajito. Me da igual que alguien piense que es ridículo. Las ofrendas también son eso, decirle a quien se fue que te sigues acordando de las cosas pequeñas, de las que nadie más se acuerda.
El año pasado hice una ofrenda distinta. No era para ningún muerto de la familia, era para mis versiones que ya se habían ido. Hice velas especiales, preparé una selección de hierbas, y les di las gracias una por una. Y sobre todo las dejé marchar. Fue una despedida, pero también un regalo... porque a las que fuimos también hay que agradecerles que nos trajeran hasta aquí, aunque fuera arrastrándonos.
Pensando en este día me he dado cuenta de algo que me ha escocido un poco. Durante muchos años ofrecí mi amor y nadie lo recogía. Lo dejaba en la puerta, como se deja un plato en un altar, y se quedaba ahí, enfriándose, criando moscas. Hasta que llegó Luis y empezó a recogerlo. También he ofrecido mi tiempo a manos llenas, y lo sigo haciendo. Y durante mucho tiempo ofrecí mi cuerpo sin darme cuenta, como si fuera de otros, como si estuviera en un altar ajeno. Eso ya no lo hago más.
Este año quiero hacer dos ofrendas nuevas. Una para mí. Para quererme, para honrarme, para darme algo sin esperar a que nadie me lo dé. Y otra para hacer las paces con la idea de madre. Con lo que significa maternar, cuidar, sostener una cabeza contra el pecho... porque no lo tuve, y creo que por eso nunca he sabido cuidarme bien. Estoy aprendiendo, a mi ritmo, a ser para mí la madre que no estuvo. Y me parece que eso también se puede poner encima de una mesa, entre el pan y las velas, como una flor más.
Hoy os propongo hacer vuestra ofrenda. Puede ser un altar entero o un solo objeto encima de una servilleta. ¿Para quién la haríais? ¿Qué comida, qué flor, qué canción le llevaríais? ¿Qué habéis ofrecido toda la vida sin que nadie lo recogiera? Y si os atrevéis, preparad una para vosotros mismos... ¿qué os pondríais delante para deciros que os veis, que os cuidáis, que os lo merecéis?
No hace falta subir ningún monte. A veces basta con encender una vela, sentarse delante y quedarse un rato mirando cómo arde.
Os dejo la guía actualizada con los veintidós días del reto. Hoy hay más que nunca. Están el texto y el poema, y veintitrés imágenes. Doce son fotografías reales del cruceiro da Lomba, de las tres monedas y de las hierbas. Las demás son la serie del día:
- la mesa de ofrendas con el pan y las velas de calavera,
- el corazón en el plato criando moscas,
- el cuerpo entero en el felpudo,
- la Virgen agrietada reflejada en la ventana,
- la niña dormida en brazos.
Y al final del día tenéis un texto extra, "La ofrenda en la puerta de Escorpio". Habla de lo que significa para mí hacer este trabajo justo ahora, en el umbral de la temporada de Escorpio, entre lo que pasa en el cielo y lo que pasa en mi cocina. Incluye una propuesta para que hagáis vuestra propia ofrenda hasta el 21 de noviembre.
Mañana seguimos con el día 23: Podredumbre. La materia que vuelve a la tierra.
Y ahora os pregunto a vosotros: ¿qué gesto pequeño hacéis desde siempre sin saber muy bien por qué, y que en el fondo es una ofrenda? Contádmelo en los comentarios. Y si estáis haciendo el reto, compartid vuestra obra del día, sea un altar, un poema, una imagen o una vela encendida.
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