MEMENTO OCTUBRE · DÍA 24 · LA VELA
Una llama que acompaña en la oscuridad.
Velorio viene del latín vigilare, estar despierto, vigilar. Antes, cuando alguien moría, no se le dejaba solo ni una noche. Se encendían velas alrededor del cuerpo y alguien se quedaba sentado al lado hasta el amanecer, para que la oscuridad no se lo llevara antes de tiempo. En muchos sitios se ponían cuatro, una en cada esquina, formando una cruz invisible. Dicen que cada una era una edad de la vida de esa persona, la infancia, la juventud, la madurez, la vejez... y que mientras ardían, el alma tenía por dónde salir sin perderse.
Yo he velado a los míos. Me he quedado en velatorios de familia, en esas salas donde todo huele a flores y a café recalentado, porque es lo que se hace, porque alguien tiene que quedarse.
A Mina, mi perrita, la velé desde lejos. Fue en plena pandemia, tenía una pancreatitis aguda y no me dejaron quedarme a su lado. Le encendí una velita en casa y estuve rezando para que mejorara. No mejoró, y tuvimos que dejarla ir con un pinchazo... sin velatorio, sin poder traerla, sin poder despedirla como se merecía. Así que la despedí yo, en casa, delante de esa llama pequeña. Fue el único velatorio que pudo tener, y lo hice entero.
De pequeña me fascinaban las velas de la iglesia. Ese olor tan raro, entre dulce y quemado, cómo les iba cayendo la cera por los lados y ver danzar la llama hasta hacer formas dignas del mejor de los ballets. Se las encendíamos a los santos y a las vírgenes, con una moneda en la ranura y un deseo en voz baja. Años después, en New York, eché una moneda en una de esas velas eléctricas que se encienden solas, sin llama, y me quedé mirándola un rato largo, sin saber muy bien qué estaba pidiendo ni a quién.
Desde hace cinco o seis años hago mis propias velas con cera de abeja. La cera chisporrotea en el cazo, la cocina entera huele a miel, y hay algo en ese olor que me calma como pocas cosas. Las hago con diferentes formas según para lo que sean y las ritualizo, una por una, para que sepan a qué vienen. Trabajo siempre con los colores. Las negras para limpiar y soltar. Las blancas para rendir homenaje a mis ancestros y a mis guías y también para purificar. Tengo un sesenta y ocho por ciento de fuego en mi carta natal, y las velas me ayudan a calibrarlo, a bajar ese fuego a una llama pequeña que puedo mirar sin que me queme.
El año pasado encendí dos velas que no olvidaré. Las hice especialmente para cortar la relación más dolorosa de mi vida. Una calavera y una torre, rellenas de hierbas elegidas para cortar con todo aquello que la luna te muestra. Eran velas muy fuertes, de esas que da un poco de respeto encender... y ardieron hasta el final. Después encendí otras, distintas, para reconciliarme con la idea de "maternar", cuidar, nutrir, encontrar eso dentro de mí para no tener que buscarlo fuera. Esas todavía las sigo encendiendo. Me cuesta. Tengo la Luna en Escorpio y hay cosas que no se resuelven de un día para otro... pero una vela no tiene prisa. Arde lo que tiene que arder.
Creo que eso es lo que más me gusta de trabajar con velas, cada una se consume para dar luz, nadie le pide que dure para siempre, solo que acompañe mientras la mecha esté ahí. Y mientras haya una encendida, alguien está despierto, velando.
Hoy os propongo encender una vela con intención. No hace falta que sea de cera de abeja ni que tenga forma de nada. ¿Por quién o por qué la encenderíais? ¿Qué color elegiríais? ¿A quién habéis velado alguna vez, aunque fuera desde lejos, y quién os veló a vosotros? Y si os atrevéis, pensad qué vela necesitáis encender este año... una para despedir, o una para empezar a cuidaros.
Encendedla, miradla un rato y quedaos despiertos con ella. Eso también es velar.
Hoy he querido añadir imágenes de mis recuerdos, de momentos íntimos. Están mis rituales y cómo los preparo, las velas, los altares, las llamas consumiendo lo que tenía que arder. Y están los momentos con Mina y con Luis, los abrazos, las siestas, los besos en la nariz... la vida que había alrededor de esa perrita antes de que me tocara velarla desde lejos.
Mañana seguimos con el día 25: Lo que muere en ti. Una versión de ti que dejas atrás.
¿Qué objeto pequeño guardáis de alguien que ya no está, y dónde acaba siempre aunque lo cambiéis de sitio?
Si estáis haciendo el reto, compartid aquí lo que creéis hoy, sea una vela encendida, un poema, una foto o una página de vuestra libreta. Me encanta veros arder conmigo.
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